lunes, 5 de julio de 2010

¿Por qué siempre son 400 palabras? xD

Otra vez me vuelven a salir 400 palabras...no sé, ese número me tiene manía, o algo xD
Bueno, pido que se lea esto leeeentamente, sin prisas xD Gracias! -^^-


...


Mirando el amanecer. Mirando el amanecer como si quisiera fusionarse con la fina línea, aquella que separaba al naciente astro del tierno mar.
Mirando el amanecer con la nostalgia que solo es capaz de provocar una despedida.
 Mientras lo hacía, lloró. Un gran lagrimón resbaló por su mejilla, dejándole vía libre a otros que no tardaron en seguirle. No se molestó en secarlos, era increíblemente placentera la brisa marina cuando chocaba contra el rastro de agua.
Oh, el Sol, estaba tan hermoso esa mañana. Tan amable al dejarse contemplar sin dañar con ello sus ojos. Tan blanco, tan limpio… Quiso ser el Sol. Sintió la necesidad de subir y olvidarse de todo.
Unos pasos retumbaron en la madera del muelle. Alguien se acercaba, y él sabía perfectamente de quien se trataba. No sé movió, únicamente cerró los ojos y lanzó una piedra al sereno mar, que contra todo pronóstico se hundió sin ni siquiera revotar. Esperó paciente hasta que los pasos cesaron detrás de él. Entonces lanzó otra piedra.
-Sabía que estarías aquí.
-…
Unos incómodos segundos de silencio siguieron a la confirmación. El pelinegro asumió que no obtendría respuesta, y se sentó con prudencia en el borde del muelle, a la derecha del otro. Los pies colgando con un leve ir y venir.
-No lo hagas.- dijo el castaño, por sorpresa. Interrumpiendo el transcurso del amanecer.
-¿El qué?- obtuvo como única respuesta.
-No te vayas.- sonó como un susurro, como si se avergonzara de lo inútiles y ridículas que sonaban esas palabras de su boca.
-…- miró al agua, miró a sus pies, que había adoptado un ritmo más frenético. Apretó el borde del muelle con las manos, sintiendo la intrusión de algunas astillas en su piel. No le entendía. Como si las palabras que decía no tuvieran sentido.- No sé a qué viene esto ahora.- declaró sincero.
Más silencio. Las palabras que el castaño quería decir quedaron suspendidas en el aire, flotando sin rumbo.
-Lo sé…Y sé que te echaré de menos.- confesó, después de pensarse lo último.
El pelinegro cerró los ojos débilmente, y así, sin más, se dejó caer al mar. Era tan cobarde aquel acto infantil. Huir, huir de los días, de la mejor semana de su vida, huir de los besos, de las caricias…huir de él.
Mientras, el castaño, experimentó el peor dolor, como un afilado crash, viendo como ese dependiente y bipolar pecoso se alejaba a nado. Dejando una turbia estera en el mar. Perturbando la paz que tanto ansiaba. Ese amargo sabor que le dejó impregnado cuando salió y le besó. Sabor a mar, sabor a amanecer, sabor a despedida.
Y fue mirando el amanecer cuando todo acabó.
 ...
(Se agradecen coments -^^-)

miércoles, 30 de junio de 2010

Droga. Segundo chapter (xD)

Continúo :)


La oscuridad de aquel pasillo le obligaba a avanzar con una lentitud casi agobiante. Aún no se creía la suerte que había tenido al conseguir entrar en el interior del plató, y no paraba de felicitarse por la astucia que había demostrado al esperar hasta que ninguno de los guardias de seguridad permanecieran en su puesto. Estaba excitado, sí. ¿Cómo no estarlo cuándo era muy posible que dentro de escasos minutos conociera al que, desde hacía relativamente poco tiempo, era su mayor ídolo?


Soltó otra carcajada. Avanzaba a toda prisa apoyándose a malas penas en las blancas y lisas paredes del pasillo. Parecía no tener fin. ¿Se habría equivocado de camino? La opción era tan desalentadora que por un momento se extinguió el entusiasmo y la euforia. Paró en seco, justo al lado de un extintor. La sensación de llevar horas caminando sin rumbo era cada vez más fuerte, y no conseguía aplacarla a pesar de tener la seguridad de que no habían transcurrido ni cinco minutos.

Entonces, ¿por qué ninguna puerta se situaba a los laterales de las dos paredes paralelas?

Miró su reloj. Faltaba media hora para la actuación. Si no se daba prisa, todo el esfuerzo y la paciencia serían completamente en vano. Reanudó su marcha, esta vez corriendo. El escalofriante eco que provocaban sus pasos solo le hizo querer correr más rápido.

Y al fin vio algo en la pared derecha. A medida que se fue acercando comprobó que era una puerta, tan blanca que fácilmente habría pasado desapercibida si no fuera por el relieve. Ralentizó su paso hasta que lo detuvo justo enfrente de la puerta. Entonces, por acto reflejo, se pasó el dorso de la mano por la frente. Estaba empapado.

En aquel estrecho lugar no corría aire, y eso solo empeoraba las consecuencias de la carrera que se acababa de dar. Así que se dio tiempo. Para respirar y descansar, de manera que no consideró la opción de abrir la puerta hasta que los latidos de su acelerado corazón no volvieron a la normalidad.

Miró su reloj de nuevo, sin ver la hora, en un acto que demostraba que no se sentía capaz de sujetar el pomo redondo de la puerta y girarlo. Pero, joder, ¿tanto rollo para eso? No, ahora no se podía rajar, pensó. Afuera estaban todos esperándole, le ametrallarían a preguntas y él, demasiado sincero como para mentir, no se atrevería a responder que había decidido dar marcha atrás por cobardía.

La mano le temblaba un poco cuando agarró el tirador. Tenía en mente la cara de la persona que esperaba encontrar detrás de la puerta, esa que decoraba las paredes de su habitación y las de las habitaciones de media ciudad. Giró la muñeca lentamente y… sorpresa.

La puerta estaba cerrada con llave.

Un gemido de frustración salió a regañadientes de su boca. La sensación de impotencia se colaba en su cuerpo y minaba su espíritu una vez más. De tonto para arriba, de eso era de lo que se calificaba en aquellos momentos.

No tenía ningún sentido permanecer allí más tiempo, y pegar su oído a la puerta hubiera rozado el patetismo. Dio media vuelta, desolado.

¿Cómo conseguiría sortear a los dos seguratas que escoltaban la puerta?, pensaba mientras recorría el camino a la inversa. La oscuridad del ambiente ya no le parecía misteriosa, y la incapacidad de distinguir el fondo del corredor ya no suponía un buen augurio.

Le pesaba el cuerpo. Y cuando levantó la vista de sus zapatos, se topó con el ya familiar extintor. Experimentó la peculiar necesidad de volver a detenerse en ese punto. Lo hizo, pero su mirada ya no se dirigía al cuerpo rojo, sino al un punto indefinido del suelo de mármol.

No debería haberse dejado animar por la alegría del grupo con el que iba, no tendría que haber aceptado el entrar él. Y, sobre todas las cosas, debería haber rechazado cualquier ilusión de encontrarse con él, aquella persona, desde el primer momento.

Empezaba a apreciar un leve escozor en la palma de sus manos, probablemente porque apretaba con demasiada fuerza sus puños. No hallaba explicación para sentirse así de desolado, de traicionado, y trataba de reprimir sus lágrimas cuando la rabia le impulsó a dar una fuerte patada en la pared, justo debajo del extintor.



“clin clin”

Dos golpecitos metálicos se dejaron oír a sus pies. ¿Qué era aquello? Algo había caído del extintor.

Palpó de rodillas el suelo, hasta que tocó algo pequeño y metálico, y solo por la forma supo que era, antes de tener que acercárselo a la cara. Una…

-…Llave…-dijo en un susurró.

Y una sección determinada de su cerebro se despejó en ese mismo instante, permitiendo que una refrescante idea se formara de repente.

¿Y si esa era la llave que necesitaba para no volver con las manos vacías?

Como un muelle, sus piernas se estiraron y se levantó de un salto. Un impulso de adrenalina era el que movía ahora todo su motor. Y lo mejor de todo: la sonrisa había vuelto a su rostro. Porque, sin saber el motivo exacto, tenía la certeza de que esa era la llave, algo se lo decía, simplemente. Este era su día de suerte, volvió a asegurarse.

Se encontró de nuevo frente a la blanca entrada a “otra dimensión”, en cuestión de pocos segundos y de un carrerita. Ahora sí que se sentía capaz de abrir la puerta, porque había experimentado la desilusión que le embargaría de no hacerlo.

Con una mano, tanteó el pomo en busca de la que debería de ser la cerradura. Una vez sintió el fino hueco con el dedo pulgar, introdujo la llave, sin ni siquiera saber si ésta estaría en la correcta posición. Encajó. Entonces la giró precariamente hacia la izquierda. Sonó un click. A la primera.

Antes de nada, y más en acto reflejo que otra cosa, sacó la llave y se la guardó en el bolsillo de su desgastado vaquero. Solo un pequeño empujoncito, pues la puerta se abría hacia dentro, le separaba de la estancia.

Dio un firme paso y empujó.



...
 
Capítulo un poco "de relleno", el próximo entrará en materia. Espero que guste xD
(Se agradecen coments :3)(Imagen, como siempre, de DeviantART, aunque no tiene mucho que ver con el texto xD)

viernes, 25 de junio de 2010

Droga. Chapter one.

Deamsiado tiempo desaparecida, lo sé. Lo siento, prometo actualizar más seguido a partir de ahora. Éste es el primer capítulo de una historia que quiero que sea más o menos larga. No es mucho, pero espero que guste. (Advertencia: puede contener lenguaje malsonante en algunas partes...)

...


Lentamente se había despertado. Por fin conseguía despegar los párpados y mover ligeramente una mano. Un primer pensamiento cruzó por su adormecida mente.


Él era el humo de su éxito.

Cerró de nuevo los ojos, volviendo a caer en un profundo sopor. Quería reaccionar, levantarse del incómodo sillón acolchado que utilizaba como improvisada cama. Quería destrozar su camiseta, tensar todos los músculos de su cuerpo y chillar. Chillar tanto que no le quedaran más ganas de chillar. Gritar sin parar hasta destrozar las cuerdas vocales que tanto dinero y valor le habían otorgado. Toda esa jodida mierda que tanto odiaba.

Saborear el metálico gusto de la sangre.

Él quería. Quería hacer todo eso y mucho más, pero ni una extremidad de su cuerpo pareció reaccionar esta vez ante tal impulso. Solo pudo tragar saliva y abandonarse de nuevo a la inconsciencia más placentera.



Abrió los ojos de golpe, sudoroso, un pequeño y travieso demonio parecía haberse colado en su subconsciente, descolocando una por una las miles de tuercas que en éste habían. Retazos de algo lejano e imperceptible produjeron en él un extraño escalofrío. Sintió que no era la primera vez que algo alejaba sus pensamientos, arrastrándolos, sin darle el tiempo necesario para conseguir interpretarlos. Sintió que con ésta ya eran muchas las veces que despertaba sintiendo terror de…de nada. Porque no tenía nada, nada que le produjera el sudor frío que ahora empapaba toda su cara.

Hizo amago de levantarse, pero se quedó en eso, en un intento. Seguía sin poder moverse. ¿Acaso no habían pasado las horas que su cuerpo, adolorido de estar en la misma postura, le indicaba? Era incapaz de saberlo al encontrarse exiliado en aquellas estrechas y blancas cuatro paredes, en las que la única iluminación consistía en un tubo de luz adherido al techo. De una desagradable, irritante y artificial luz.

Ardió en deseos de hacer que el cristal del tubo estallase en montones de trocitos que volaran desperdigándose por la habitación, dejando atrás un intenso crujido.

Pero no podía, y eso le volvía loco.

Recordó, después de sortear y sortear las lagunas de su mente que ocultaban lo ocurrido las últimas 24h, el motivo de ese agobiante estado. Su mirada de ojos negros y extremadamente abiertos se clavó en una mesita situada a lo que, empezaba a recordar, era su izquierda. Sobre esta pudo distinguir varios objetos que en un principio le resultaron vagamente familiares.

Un vaso, vacío, con restos de agua, una aguja que parecía contener restos de un incoloro líquido, un mechero, varias gomas de color verde partidas…Poco a poco cada uno de los objetos fue identificado, y provocó una explosión de recuerdos que golpearon fuerte todos a la vez. No se puede negar que estuviera asustado, y que rogara que únicamente fuera un estúpido sueño de los suyos. Tuvo un fuerte impulso de levantarse y empezar a derribar objetos, no se esforzó ni en calmarse, porque sabía que seguía sin poder moverse.

Hipnotizado miraba fijamente la cúspide del punzante objeto. No estaba manchada, no poseía ningún rastro de lo que temía que fuese su sangre. Como si su culpabilidad o maldad le obligaran a ocultar el pecado. Sabía que callaría, pero su paralizado cerebro era incapaz de mandar las órdenes necesarias para apartar la vista del culpable de todo. De aquel despiadado objeto.

Y entones, la que sería la segunda idea desde su despertar pasó por su mente, exactamente igual de fugaz que la anterior. Miró su brazo, deslizando lentamente sus ojos por toda la nívea extensión. Éste estaba girado hacia arriba, como pidiendo una limosna a Dios. Podía ver perfectamente su antebrazo.

Y allí estaba.

Aún roja e hinchada, con tan solo ver aquel puntito que adornaba su piel sintió el palpitante calor que, seguramente, le había estado acosando desde que “despertó”. Una increíble oleada cálida que iba y venía, y que se extendía por todo el tejido muscular. Le hizo sentir terror.

Porque esa era la puta prueba que confirmaba lo que no quería que fuese confirmado.

Con un imperceptible chasquido todas las ideas que se habían estado formando hasta ese momento en su cabeza intentaron salir por el mismo estrecho agujero. Le hizo experimentar un fuerte pinchazo en la sien, casi como sentir como una bala te la atraviesa dejando una bella rosa roja.

Y despertó. Despertó del que fuera el efecto de esa droga que ahora estaba seguro que había introducido por sus venas. Sintió que podía, que era totalmente capaz de volver a moverse, y que el sopor había desaparecido. Sin embargo, ya no quería hacerlo. Ahora lo único que deseaba era abandonar las riendas de su cuerpo, incapaz de creerse que minutos antes hubiera sido tan distante de ésta su forma de pensar.

Se obligó a abrir los ojos, y examinó toda su anatomía. No había más marcas, todo estaba normal, ni rastro de alcohol, y la misma ropa que tan concienzudamente había preparado ese día, con toda la intención de resaltar su cuerpo. La media luna de plata descansaba en su clavícula, como siempre.

Siguió arrastrando pesaroso los ojos hacia abajo, cuando topó con en reloj en su muñeca izquierda. Estaba completamente seguro de que no lo pertenecía. Era incapaz de recordar el momento en el que se lo había puesto, y el escalofriante detalle de que el cristal del mismo estuviera resquebrajado.
No podía ver la hora que marcaba, después de todo...¿cuánto tiempo llevaría durmiendo?...
…mierda…

...


domingo, 13 de junio de 2010

AZUL

Negatividad. Ese impulso oscuro y certero. Esa terrenal y patética muestra de la naturaleza humana.


La fuente en la que sacio mi sed.

¿Cómo vivir en la oscuridad sin sentir pánico? ¿Cómo ser capaz de enfrentarse a todo eso que nos rodea y que desconocemos? Sintiendo que el plomo se adhiere a tu piel con la sola idea de caminar a ciegas. Tener la asfixiante certeza de que aún vives, notando el constante bombeo del corazón... ¿Acaso alguien desearía eso? ¿Existe alguna ínfima probabilidad para ello?

Yo amo la negatividad, como ella actúa sin preguntar si quiera. ¿Pero sabes qué? A veces, en muy contadas ocasiones, me he atrevido, he abierto los ojos, y te puedo asegurar que lo que he visto me ha gustado. Fuera negatividad. El azul es precioso.

sábado, 29 de mayo de 2010

Mirando al mar.

http://www.youtube.com/watch?v=2NGIspX0wmE

Cuando te dije que tenía ganas de llorar, hace rato que ya lo hacía.


Me fui, simplemente porque no quería seguir leyendo esas palabras, palabras que se me clavaban en sitios que yo no sabía que existían antes de conocerte. ¿Por qué escocía tanto ahora? Te odié entonces por no poder odiarte.

Y en mi coche, acostada sobre una improvisada cama en total oscuridad, oía canciones que me perforaban el alma. Todas hablaban de ti.

Quise no creer, quise pensar que únicamente intentabas volverme a hacer daño, intenté imaginarte el ser más despreciable capaz de hacer eso. ¿Y sabes qué? No pude.

Siempre fuiste alguien con poder para hacerme llorar, llorar en voz baja, cuando me gustaría chillarlo, chillar mi dolor. Allí, en ese momento, lloré de verdad, no como lloraba antes con la simple noticia de que no estarías: lloré sabiendo que no sería lo mismo sin ti.

Lloré con la certeza de que, aunque no quisieras, te llevabas un apéndice de mí. El jodido revuelto de emociones contradictorias que había tardado dos años en formarse, y que no se desharía tan fácilmente.

Lloré más, pensando en cómo aceptar que no volverías a entrar por esa puerta, recordando las veces que no te había mirado cuando lo hiciste, intentando así, y casi consiguiendo romper al fin todo…todo eso que me hacía mirarte.

¿Eso es todo lo que siempre fuiste para mí, un constante llanto? Seguramente sí, pero el más dulce que jamás saldrá de mis ojos.

Y no se me ocurrió preguntarme en ningún momento por qué dolía tanto, por qué siempre lo había hecho.

Era simplemente el saber que dejaría de quererte, cuando al fin, después de millones de tropiezos y patadas, había decidido que no quería dejar de hacerlo.

Dijiste que nadie te echaría de menos, y me sentí el ser más estúpido del mundo: porque yo seguramente sí lo haría.

Las lágrimas se irán, y con ellas seguramente el dolor…pero es que yo quería tanto a ese dolor…

¿Qué mierdas hará sin él mi masoquista corazón?

Asúmelo: te quiero.

jueves, 27 de mayo de 2010

623 palabritas

Hala, la continuación del primer capítulo de esta historia que me estoy animando a escribir, de la que intentaré hacer algunos capítulos más, me gustaría que fuera larga. Esta vez a petición vuestra es más corto, supongo que así será más fácil de leer. Esta historia aún no tiene título, algún día supongo que lo tendrá....Sin más preámbulos, leer :3.

...

Cogí con fuerza las pinzas. Cerré los ojos, maldiciendo el no poder también cerrar los oídos. Con la otra mano lo junté a mí, intentando así darle motivos para que no se rindiera. ¿Sería yo suficiente motivo?




Esa duda me asfixiaba, empezaba a marearme por momentos, la fuerza con la sujetaba las pinzas disminuyó considerablemente, y eso denotó en la cara de terror, de desesperación que se dibujó que se dibujó en su rostro. Él quería decir algo, lo intentaba con todas sus fuerzas, pero de sus labios entreabiertos, en los que minutos antes había percibido una gota de esperanza, solo salían jadeos que iban aumentando su velocidad progresivamente. Tenía miedo, más incluso que yo, pero lo que hizo que me odiara hasta este punto fue el saber que hasta ahora no lo había tenido, y que le había fallado, pensar que él había confiado en mí ciegamente…

Los dos sabíamos que no sería capaz.

Y no lo fui.

Comenzó a llorar, sin embargo en su semblante ya no había rastro alguno de desesperación. Su llanto era silencioso, como el de un muerto, y se mordía el labio inferior, en señal de decepción…Terminó de romperme por dentro con ese simple gesto del que aún hoy me veo imposible de culparle.

Me lo merecía.

Porque me había rendido. Ya no hurgaba en su interior en busca de un poco de esperanza. No, no lo había abandonado. Sentía que se marchaba corriendo, a pesar de notarle derrumbado en el sofá de ese piso abandonado, tan cerca de mí…Que quemaba.

Su dolor quemaba, su llanto lúgubre y muerto quemaba. Y no solo a mí: sentía como su cuerpo se reducía a microscópicas cenizas. Mientras yo me negaba a sacar la puta bala que podría salvarle, por miedo a que lo que viniera fuese peor. Me sentía tan mal al imaginar la sangre brotando…y yo sin poder detener el carmesí río que arrastraba consigo a mi vida…

Descubrí su interrogante mirada. Pedía respuestas, que iba a ser de él. Y por la frialdad de su mirada, tuve la certeza de que no temía a la muerte.

Pero yo si la temía, sentía un miedo atroz a que se deslizara entre mis manos como arena.

No, no quería perderle. Y no lo haría. Nunca había estado en mis planes.

Mi miró extrañado de la repentina decisión y fortaleza que desprendía cara poro de mi piel.

Yo le devolví la mirada, pidiéndole, mejor dicho, suplicándole perdón por haber sido tan extremadamente idiota. Como siempre, como el siempre que yo conocía, no hicieron falta palabras, simplemente lo levanté en peso, y lo cargué hasta el coche, que permanecía aún aparcado en la entrada, no sin antes coger una pistola ligera y engancharla como pude en mi cinturón.

Al salir del ruinoso portal, me sorprendió la escasa luminosidad. La lluvia se había extinguido hace rato, dejando como testigos un rastro de aceras mojadas y el mágico olor de la lluvia. Una hilera de farolas alumbraba la calle, como podía, pues la mayoría de estas estaban apedreadas.

Llegué al Mercedes negro con él en brazos. Cada vez el peso repercutía más en mis cansados brazos. Cuando me disponía a tumbarlo en los asientos de atrás, habló.

-Nh…No…voy delante…- lo ordenaba, aunque por su extinto tono de voz, más parecía una sugerencia.

Me obligué a superar la sorpresa inicial. Volver a escuchar su profunda y grave voz…al fin, después de tanto tiempo, fue para mí el mayor de los alivios, pero sabía perfectamente que eso no significaba nada de nada, que lo estaba perdiendo…

Porque cada vez se aflojaba más la mano que rodeaba la muñeca.

Lo deposité suavemente, con dulzura, en el asiento de copiloto. Antes de irme al mío, rodeé su cara con las manos, viendo como se esforzaba en regalarme una amarga sonrisa.

-Te pondrás bien, ¿vale? ¿eh?...

No me oyó.



...
Aquí el final del Capítulo 1: El único día que aún recuerdo, ¿qué os ha parecido? a mí, que es muy corto, y como tengo la continuación ya hecha, la subiré pronto.
Darme vuestra opinión :3
Siguiente capítulo: Cuando la tormenta no amaina.
¡Gracias por leer! ^^ (y por comentar e.e)

jueves, 20 de mayo de 2010

Soplando un poquito...

Soplando un poquito, dándole un poco de aliento a este blog que cada vez está más muerto...Ya, ya, es mi culpa (¿de quién si no? ¬¬U), he estado algo ocupada, y bueno...sé que cuanto menos haya que leer mejor, estoy preocupada, 1231 palabras...¿demasiado? :( así que no me enrrollo más:

...


Capítulo 1


El único día que aún recuerdo



El único día que aún recuerdo pertenece a un caluroso mes de agosto.

Sin embargo, como si tuviera la intención de destacar ante sus predecesores, ese día las aceras fueron bañadas por una de esas afiladas lluvias, de las que caen con tanta fuerza que en vez de acariciar golpean, sin ni siquiera darte tiempo a reaccionar, a devolver el golpe.

Ese día no me pilló callejeando sin rumbo por las calles de una ciudad que no conozco, al contrario de tantos otros. Aquel preciso día tuve que conformarme con oír el murmullo de las gotas golpeando el techo de los coches. He de reconocer que hubiera dado cualquier cosa, de las que se pueden dar, claro, por ser uno de esos afortunados trozos de metal.

Pero ellas tenían otros planes para mí.

Ellas son, simplemente, ellas. O al menos así es como me he referido a “ellas” desde que tengo conciencia. Ellas son voces, voces que me hablan constantemente, y que preocupantemente solo yo oigo.

Desearía no oírlas.

Siempre están ahí, recordándome que mi existencia en si es miserable, reprochándome cada mínimo error que comento. Pero ya es tarde. He aprendido a vivir con ellas.

Aquel día, en aquel momento, en aquel segundo, ellas habían desaparecido, no estaban. Quizás sea porque en esa oscura habitación no había oxígeno suficiente para todos: la ley del más fuerte. Y por una vez me atreví a imponerme, posiblemente fuera que lo que podía perder era demasiado importante para mí.

Odio la palabra perder.

Como iba diciendo, el ambiente dentro de esas cuatro paredes era cargado. Solo dos personas respirando, a diferentes ritmos, y miles de confusos pensamientos a la búsqueda de una esquinita para ellos solos. Ceños fruncidos, muecas de dolor, y el inconfundible y metálico olor a sangre, flotando e inundando por completo la pequeña estancia.

E igualmente, pese a que me esforzaba en ocultarlo, a mí también.

Él se hallaba tumbado como podía en un viejo y andrajoso sofá. Sus oscuros ojos fuertemente apretados. Se agarraba a mí férreamente, haciéndome daño, como si creyera que soltándome caería a un oscuro abismo. Creo que lloraba, no lo puedo asegurar, pues de hacerlo las lágrimas se hubieran confundido con el sudor de su frente. Pero estaba claro que sufría, sufría lo inimaginable.

Habría pagado el precio que hiciera falta, y no lo digo con la mínima intención de quedar bien, por cambiarme por él, y que fuera a mí al que le estuvieran sacando una bala del hombro.

Y es que me torturaba la idea de pensar que en parte era mi jodida culpa.

Os puedo asegurar que cada vez que oía uno de sus desgarradores gritos, esa bala también me atravesaba a mí.

Llamar a una ambulancia: la opción más tentadora, y por azares del destino, a la vez la más inconcebible, ¿por qué? Por las preguntas, que las habría, todas ellas carentes de una respuesta que no implicara verse declarando en una comisaría, con sus veinte años de cárcel correspondientes, en el mejor de los casos. Pero yo en esos momentos estaba demasiado concentrado en extraer una bala de un cuerpo que se convulsionaba con unas simples pinzas…vamos, como para pensar en estúpidas y complicadas consecuencias…Además, para empeorar la cosa, mi pulso en esos momentos dejaba mucho que desear: todo mi cuerpo se estremecía cada vez que él intentaba respirar, exhalando con fuerza, temía tanto de que fuese la última vez que lo hiciese…

Con la mano restante, la derecha, ya que soy zurdo más o menos desde que nací, hundía los dedos en su oscuro pelo, casi tanto como sus ojos, y lo acariciaba, lo masajeaba, con la mirada fija en su herida, pendiente de cualquier quejido fuera de lo normal. De un tirón junté nuestras frentes, por fin volví a experimentar la seguridad, y a la vez el temor, que me proporcionaba su único e inconfundible calor.

Susurré palabras de aliento, que chocaban contra sus labios entreabiertos, y pude saborear el aliento a sangre, líquido arrebatador, que emanaba de éstos.

Me volví loco.

Apenas escasos milímetros nos separaban, me separaban a mí de su infierno particular, cuando un gemido que salió a trompicones de su garganta me devolvió a la realidad, no a la mía, ni a la suya, a otra realidad paralela, la que yo tanto detestaba, ¿había demasiada sangre o me lo parecía a mí? Entonces fue cuando abrió los ojos, lentamente, y me empecé a preocupar de verdad.

Sé que detrás de esa niebla, de esa mirada perdida, algo me buscaba, algo que cada vez se deshacía más en ese vacío, y que intentaba con todas sus fuerzas emerger.

Pero no podía.

Era incapaz, sé que lo perdía, se estaba muriendo, ¡se estaba muriendo, joder! Jo recuerdo nítidamente, como la histeria se hacía paso a empujones por cada nervio de mi cuerpo.

Como él intentaba mirarme a los ojos en todo momento, sin conseguir nada más que preocuparme.

Topé con algo.

Haciéndome paso con las pinzas entre la carne perforada, al fin di con algo. Creo que él también lo sintió, más que nada por la mirada que, por unos escasos momentos, creí mía. Reí. Sus ojos enamorados también lo hicieron, sobreponiéndose a cualquier tipi de dolor, pero ningún otro músculo de su cara respondió a mi particular derrame de alegría. Lo interpreté como una mala señal, mas no perdí la compostura. Era un juego a todo o nada. Y ese juego se jugaba ahora.

Apreté más el improvisado torniquete, y acto seguido empiné una botella de coñac en su boca, obligándole a beber.

Lo hizo con gusto, con ansia, como si bebiera por primera vez en muchísimo tiempo, vaciando el contenido de ese recipiente para veneno a una velocidad prodigiosa. Si no moría desangrado, lo haría de un coma etílico sin duda. Hasta que tosió y aparté de golpe la botella de sus labios, derramando la mayoría de líquido restante por todo su cuerpo.

Cuando volvió mi mirada a sus ojos, reconocí en ellos un brillo diferente.

Tanto, tantísimo tiempo extrañando un contacto tan extremadamente íntimo, sin apenas un roce, que había olvidado de sus ojos, cuando en ellos entrada con furia la pasión. Nos miramos. Él me examinó el alma y yo hice un tanto de lo mismo con la suya. Ya no gemía, ya no gritaba, se me ocurrió pensar que probablemente había olvidado la bala. Qué tontería. Nada más lejos de la realidad.

Lo entendí. Me acerqué hasta él, aproximé mi rostro, y se lo regalé, se lo regalé absolutamente todo.

No había deseo ni ansias en aquel beso, me contuve como pude a pesar de haber deseado tanto tiempo ese perdido contacto, dejándole hacer a él, que acariciaba suavemente mis labios, abriendo y cerrando la boca como un pez que necesita respirar. Me estaba respirando a mí, y de repente…

Paró en seco.

Apresando entre sus dientes mi labio inferior, dándome pista libre para hacer lo que tuviera que hacer. Me hubiera gustado retrasar minutos más ese momento, me lo impidió el saber que a cada segundo que pasaba él se retorcía por dentro de dolor.

Cogí con fuerza las pinzas. Cerré los ojos, maldiciendo el no poder también cerrar los oídos. Con la otra mano lo junté a mí, intentando así darle motivos para que no se rindiera. ¿Sería yo suficiente motivo?

CONTINUARÁ...
 
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Vale, ahora quiero opiniones...¿qué os ha parecido? ¿Borro esta entrada y hago como si nunca hubiese existido?...¿Demasiado larga? ¿Las siguientes más cortas o más largas? Venga, ayudarme a darle un poquito de vida a este blog :3