...
-¿Y bien? –preguntó con un tono de voz que rozaba la desesperación. Sus ojos azules se clavaban en mí, incrédulos, y una ceja alzaba le otorgaba una pinta más bien cómica.
-¿Qué? – fingiendo todo lo bien que sabía, me apetecía exasperarlo un poco más.
Se pasó la mano por la frente, buscando una paciencia que solía ser esquiva en él. Me miró unos segundos y repitió el gesto. Hasta que no pude aguantar más y una risita se escapó de entre mis dientes.
-Marc, te lo advierto, no juegues con esto –me dijo, amenazador- ¿Quieres la jodida pastilla o no?
-Depende.- y callé, divertido con la situación.
-¡¿De qué?!...Oh, Dios…- aquella inesperada subida de tono me hizo dar un respingo. Mi tío había vuelto a cubrir su rostro, esta vez con las dos manos, y expulsaba aire ruidosamente por la boca.
Vale, sí, quizás me estaba pasando de la raya, ¿pero qué esperaba él? Si apenas tengo dieciséis años…
-De…de los efectos secundarios…- fue un susurro casi inaudible. Intentando por todos los medios acabar con su repentino mal humor.
Me miró, fingiendo calma a la vez que intentaba improvisar una buena respuesta. Me esforcé por transmitirle en silencio que la broma había acabado, y que me tomaría las cosas como tanto me decían, como un detestable adulto. Pareció captar la idea. Pero un extraño brillo se asomó en sus ojos.
-No conozco los efectos secundarios que tiene esta maldita droga, ¿sabes? No soy un médico, y sin embargo, mira por donde, puedo decirte los “efectos secundarios” que tendrán estas pastillas si haces la puta gracia de no tomártelas… ¿quieres saberlos? ¿Eh? ¿¡Quieres saberlos!? – mi cuerpo temblaba, empezaba a notar los ojos húmedos. No, no era el momento ni el lugar adecuado para ponerme a llorar.
Negué con la cabeza, lentamente, sin atreverme a levantar la mirada de la funda nórdica de mi cama.
-…Yo te los diré-siguió, ignorando mi respuesta- Cómo no te tragues esta jodida mierda- sacudiendo ruidosamente el botecito blanco delante de mi cara-, tendrás la muerte más asquerosamente dolorosa que un estúpido niñato como tú pueda imaginar. ¿Me has escuchado?
Claro que lo había escuchado, claro que sabía a la perfección todo lo que esa persona totalmente desconocida para mí me decía. Me negaba a aceptarlo. Era eso. YO era eso.
Solamente un estúpido niñato.
No entendí su abrazo. No hasta que no me percaté de las lágrimas que mojaban su suéter, claramente mías. Me costaba respirar, y ni por un momento se me ocurrió corresponderle el gesto. Era como si el que estuviera enfermo fuera él… ¡Joder ya! ¡Era yo! ¡Yo era el que se moría a cada día que pasaba! ¿Por qué, entonces, tendría que consolarle?
Si tan solo ellos estuvieran aquí… Si estos brazos que me rodeaban fueran los de mis padres, y las lágrimas que empezaba a notar en mi hombro también fueran suyas…
Ellos ya no estaban.
Y no volverían. Y yo me moría. Y no me daba la gana drogarme para atrasar una muerte segura. Y este sujeto, el hermano de mi querida madre, intentaba por todos los medios que cambiara de opinión.
Pero lo peor, sin duda alguna, es que tenía la premonición de que acabaría convenciéndome.
Y yo lo único que quería era una maldita Coca-cola y dormir.
...

